Sermons  Pulpit Series Newsletters   El Poder Sanador de Las Aflicciones by David Wilkerson

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Todos nosotros conocemos lo que son las aflicciones. Son aquellos tiempos de problemas y estrés que nos mantienen despiertos por las noches. Pueden ser tan dolorosos y debilitantes que perdemos nuestro sueño debido a las angustias y ansiedades.

Pero, a pesar de que las aflicciones sean tan dolorosas, Dios las usa para lograr sus propósitos en nuestras vidas. David escribe, “Muchas son las aflicciones del justo” (Salmo 34:19). Además, las Escrituras nos muestran claramente de que Dios usa las aflicciones para sanar tanto a los pecadores como a los santos.

Pienso en Manasés, el Rey más perverso en la historia de Israel. Manasés se apartó del Señor y se volvió un hombre vil y asesino. Considere todas las maldades que este hombre hizo: El levantó ídolos a Baal el dios pagano, aún en el atrio del Templo. Edificó altares para adorar al sol, la luna y las estrellas. Sacrificó a sus propios hijos, arrojándolos al fuego para los ídolos demoníacos de Baal. Rechazó las palabras de los verdaderos profetas y buscó el consejo de adivinos. El consintió a la brujería, espíritus de familiares muertos, y adoración a demonios. Fue un hombre brutal, un tirano sanguinario que se deleitaba asesinando a inocentes. Las Escrituras dicen que Manasés pecó peor que todos los paganos que rodeaban a Israel.

Qué le sucedió a éste rey malvado? Dios envió una gran aflicción sobre Manasés a través del ejército Asirio. Los temibles Asirios invadieron Jerusalén y se llevaron a todas las personas cautivas, incluyendo Manasés a quien encadenaron y envolvieron su cuerpo con dolorosas espinas. Forzaron a los Israelitas a largas y mortales marchas, dándoles muy poca agua y alimentos. De acuerdo a los historiadores, aquellas marchas eran atroces.

Fue durante este tiempo de gran aflicción que Manasés comenzó a orar: “Mas luego que fue puesto en angustias, oró a Jehová su Dios, humillado grandemente en la presencia del Dios de sus padres” (2 Crónicas 33:12). ¿Cómo respondió Dios a la oración de Manasés? El escuchó el clamor del Rey y lo restauró al trono. Manasés entonces se convirtió en un luchador de justicia, derribando los ídolos y altares que había construido.

La lección que aprendemos de la historia de Manasés es clara. Primero, ¿cómo fue restaurado este hombre? Sucedió por medio de las aflicciones. El perverso Manasés había cerrado las bocas de los profetas en su tierra, dejándole a Dios una sola opción para poder llamar su atención: la aflicción. Por eso Dios levantó a los Asirios, usándolos como su vara de corrección. Una segunda lección es que, nunca debemos desechar a nadie, aún a la persona más vil y malvada. Dios tiene maneras de de traer hacia él al más malvado, a través de la aflicción.

David escribió, “Antes que fuera yo humillado, descarriado andaba; mas ahora guardo tu palabra…Bueno me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos” (Salmo 119: 67, 71). Estos dos versos nos explican cómo fue que la Palabra de Dios llegó a ser una lámpara para los pies de David…cómo David llegó a testificar al mundo, “Tu Palabra es mi delicia, mi gran amor”…cómo fue que él desarrolló una vida de oración tan dulce…cómo él llegó a ser un hombre conforme al corazón de Dios. De acuerdo a su propio testimonio, sucedió a través de las aflicciones.

Considere: “Si tu ley no hubiese sido mi delicia, ya en mi aflicción hubiera perecido” (119:92). Esta increíble revelación vino a David a través de su sufrimiento. El declara, “Fue el Señor mismo quien me afligió. Y en su fidelidad, él usó mis aflicciones para mostrarme todas mis trasgresiones. Mientras yo estaba con dolor, él me abrió su Palabra y comencé a ver claramente.”

En realidad David dice, “Yo sé que el Señor lo permitió, para poder sanar toda la escoria, tonterías y carne que hay en mí. Si él no hubiese puesto su temor en mi corazón – si él no hubiese trabajado con esos problemas – yo no estuviera aquí hoy día. Me hubiera perdido. Dios conocía lo que había en mi corazón, y él sabía exactamente cómo llamar mi atención.”

Usted puede pensar, “Esto es duro de aceptar. ¿Cómo podría un Dios amoroso permitir los problemas tan horribles de David? De igual manera, si Dios me ama, ¿cómo puede él permitir las terribles aflicciones que estoy pasando?” En realidad, lo que David nos dice aquí es una verdad que salva vidas. El nos dice en esencia: “Si no vemos al Señor trabajando en nuestras circunstancias – si no creemos que los pasos del justo son ordenados por su mano, incluyendo nuestras circunstancias difíciles – nuestra fe terminará estrellándose. Seremos totalmente abatidos.”

Aquí está la Palabra de Dios sobre este tema: “Por que tú nos probaste, oh Dios; nos purificaste como se purifica la plata. Nos metiste en la red; pusiste sobre nuestros lomos pesada carga. Hiciste cabalgar hombres sobre nuestra cabeza. ¡Pasamos por el fuego y por el agua, pero nos sacaste a la abundancia!” (Salmo 66:10-12). “El ángel de Jehová acampa alrededor de los que lo temen y los defiende” (34:7).

Una vez que David salió de su aflicción, él no volvió a clamar con preguntas angustiantes: “Dios, ¿porqué me dejaste que pasara por tiempos tan difíciles? ¿Porqué permitiste que el dolor sea tan profundo?” En lugar de eso, él vio que la mano del Señor estaba en todas las circunstancias, especialmente en las más dolorosas. El sabía que Dios estaba haciendo algo eterno en él. Verdaderamente, él se dio cuenta de que las aflicciones que enfrentamos son para sanarnos y refinarnos. Son para producir el fruto duradero del Espíritu en nosotros: paciencia, benignidad, mansedumbre, bondad.

“Antes bien, si aflige, también se compadece según su gran misericordia, pues no se complace en afligir o entristecer a los hijos de los hombres” (Lamentaciones 3:32-33). Dios no tiene placer en afligir a nadie, santos o pecadores. Jeremías nos está diciendo, “Dios puede corregirnos, y nos duele. Pero él no desea traernos sufrimiento. El lo hace con dolor en su corazón.”El significado Hebreo de esta frase es “su corazón no está en ello”. Su corazón no está en corregirnos, sino en la sanidad que esto trae.

Imagínese a un cirujano y su equipo médico mientras se preparan para operar a un niño que tiene cáncer. Ese cirujano sabe que si no remueven el tumor, el niño morirá. Por esa razón, él usará cualquier medida para remover el cáncer del cuerpo del niño, no importa el dolor que pueda causarle. El sabe que su trabajo quirúrgico va a causar un gran dolor. Y ahora, cuando se prepara para cortar, una lágrima aparece en sus ojos. Este es un momento muy doloroso para él, por que el niño es su hijo.

Este es el misericordioso amor detrás de cada corrección de nuestro Padre. Cuando yo era niño, mis padres tomaron la Palabra de Dios literalmente, y cuando yo hacía algo malo, llevaba una zurra (hoy día le llaman abuso). Cada vez que mi padre golpeaba mi posterior con su cinturón, me dolía, aunque él nunca lo hizo con ira. Cuando él se preparaba a dar la zurra, él siempre me decía, “Esto me duele más a mí que a ti.” Yo nunca le creía. Luego, después, él decía, “Ven acá David, déjame abrazarte.”

Estoy convencido de que la constante disciplina de amor de mi padre es una de las razones por las cuales estoy predicando el Evangelio sesenta años después. De igual manera, nuestro Padre celestial conoce cada cosa en nuestro corazón que puede destruirnos. Y cuando él permite aflicciones a nuestra vida, es para remover el cáncer maligno. El no quiere infligir dolor; eso es lo último que él quisiera hacer. El desea solamente remover la enfermedad que amenaza a sus amados hijos.

Muchos creyentes que enfrentan aflicciones, inmediatamente piensan que están bajo un ataque de Satanás sin permiso. Sus pensamientos se vuelven a Job, quien fue asaltado brutalmente por el diablo. O ellos piensan en Pablo, el cual habló de un “mensajero de Satanás” que fue enviado a abofetearlo. Ellos recuerdan pasajes donde Pablo dice que fue “impedido” por el diablo.

Y así, cuando enfrentamos aflicciones, hablamos de que Satanás viene contra nosotros “como un río.” Pensamos en que él nos ataca como un león rugiente, que busca a quien devorar. No podemos imaginarnos de que Dios tenga que ver con esto.

Pero la realidad es que Satanás no puede levantar ni un dedo contra un hijo de Dios a no ser que el Señor lo permita. Sí, es Dios quien permite nuestras aflicciones. Si Satanás desea atacarnos, Dios debe de quitar su pared de protección que tiene alrededor de nosotros. Considere lo que el Señor dijo de David: “Hallé a David mi siervo; lo ungí con mi santa unción. Mi mano estará siempre con él; mi brazo también lo fortalecerá. No lo sorprenderá el enemigo, ni hijo perverso lo quebrantará” (Salmo 89:20-22).

Dios nos está diciendo en efecto,: “No importa las dificultades que David enfrente. A través de todas ellas, él será librado en el tiempo de Dios. Estoy declarando al mundo que el diablo no puede afligir a nadie sin mi permiso.” Los Asirios pudieron haber sido la vara corregidora de Dios con Manasés – las fuerzas satánicas pudieron ser la vara- pero Dios está todavía en control.

Las Escrituras nos dicen, “Como Jerusalén tiene montes alrededor de ella, así Jehová está alrededor de su pueblo desde ahora y para siempre. No reposará la vara de la impiedad sobre la heredad de los justos; no sea que extiendan los justos sus manos a la maldad” (Salmo 125:2-3). No debemos temer a que el diablo nos haga daño. El sólo tiene poder sobre los malvados. Dios le pone límites, para que vaya hasta cierta distancia con sus aflicciones, así como lo hizo con Job.

Al diablo se le permitió ir también hasta cierta distancia en abofetear al apóstol Pablo. Como pueblo de Dios, cada uno de nosotros sufrirá ataques del enemigo. Pero el Señor nos ha prometido armas de defensa, incluyendo el escudo de la fe, para “apagar los dardos de fuego del maligno” (Efesios 6:16).

Pablo se dio cuenta de que estaba bajo ataque de Satanás, pero que el Señor lo había permitido. El oró tres veces para ser librado de su aflicción, pero Dios no lo permitió. Después, Pablo vio que sin las bofetadas del enemigo, él hubiera podido ser destruido por el orgullo. Tenga en cuenta que éste hombre había recibido revelaciones celestiales que no han sido dadas a ningún otro ser humano. Sin el freno de las aflicciones, él podría haber sido derribado por la vanidad.

Cuando nuestra aflicción no aminora, somos tentados a pensar, “Dios debe de estar enojado conmigo. Estoy sufriendo por los pecados que cometí en el pasado.” Empezamos a repasar todos esos pecados pasados y nos convencemos de que, “He debido de haber cruzado la raya en eso. Si no, ¿Por qué mi aflicción no termina? ¿Por qué Dios no responde a mis oraciones para librarme? Yo pensé que todos los pecados estaban bajo la sangre de Cristo. Lo que hice ha de ser tan horrible que ahora tengo que pagar por ello.”

Así es como Asaf el Salmista respondió a la gran aflicción de su vida. Este hombre de Dios era el director de música del Templo durante el reinado del Rey David y Salomón. En el Salmo 77, Asaf describe los efectos severos de su aflicción: “No me dejabas pegar los ojos; estaba yo quebrantado y no hablaba” (Salmo 77:4). No sabemos exactamente qué afligía a Asaf, pero era tan insoportable que él no podía dormir de noche. Aunque él oraba diligentemente, la respuesta no venía. Parecía que el cielo se le había cerrado.

En su aflicción, Asaf dijo, “Ciertamente es bueno Dios para con Israel, para con los limpios de corazón. En cuanto a mí, casi se deslizaron mis pies, ¡por poco resbalaron mis pasos!” (73:1-2). El estaba diciendo en esencia, “Tienes que ser bueno para evitar las aflicciones.” ¡Qué doctrina errada de la boca de un ministro de Dios! ¿Por qué diría Asaf esto?

Era por la dolorosa confusión que él estaba pasando. Vea usted, en medio de la aflicción, Asaf vio que los malvados no sufrían como él sino que prosperaban. El dijo, “Se mofan y hablan con maldad de hacer violencia; hablan con altanería…Los ojos le saltan de gordura; logran con creces los antojos del corazón” (73:8, 7).

Asaf estaba diciendo, “He mantenido mi corazón puro y mis manos limpias. Pero sufro mientras los malvados son bendecidos”. Su conclusión fue, “¡Verdaderamente en vano he limpiado mi corazón y he lavado mis manos en inocencia! Pues he sido azotado todo el día y castigado todas las mañanas” (73:13-14). En otras palabras: “No importa cuán devoto yo he sido. Todo ha sido en vano.” Evidentemente, él estaba enfocado en sus pecados pasados.

Ahora llegamos al origen de los problemas de Asaf. El revela, “Cuando pensé para saber esto, fue duro trabajo para mí” (73:16). El declaró, “No lo comprendo. El impío prospera, mientras que el devoto sufre. ¿Cómo puede ser esto? Me duele reflexionar sobre esto.”

Este hombre amado había estado trabajando para Dios – adorando, componiendo himnos, dirigiendo coros a cantarle alabanzas a Dios – pero su corazón estaba lleno de envidia. Cuando Asaf dijo “¡Por poco resbalaron mis pasos!” (73:2), él estaba diciendo, “Yo me esfuerzo en caminar con pureza delante del Señor. Pero todo lo que recibí a cambio fue aflicción. Estaba tan celoso de los impíos, que mi fe casi se derrumba.”

Asaf estaba experimentando lo que se llama “ser probado por la Palabra”. Mientras él miraba hacia atrás a los milagros que Dios había hecho por su pueblo – el partimiento del Mar Rojo, el maná del cielo, el agua de la roca - él fue “probado” en la fidelidad de Dios. Simplemente dicho, cuando él miró a su propia vida y no vio la liberación de Dios, se turbó.

Si el testimonio de David es confiable – que Dios permite las aflicciones de los justos – podemos saber que fue el Señor quien conmovió el espíritu de Asaf. En su gran, amante ternura y fidelidad, Dios no dejaría que Asaf continúe en su pecado de envidia. El no permitiría a Asaf que continúe pensando, “Dios me está haciendo pagar por todos mis pecados.”

El Señor eventualmente sacó a Asaf de la noche oscura. Pero en ningún momento la aflicción de este hombre fue una sentencia por sus pecados pasados. La salvación de Asaf nunca estuvo en duda. Todo lo contrario, como el autor de Hebreos nos dice “El Señor al que ama, disciplina” (Hebreos 12:6).

Asaf demostró que nuestra respuesta a las aflicciones es un asunto de vida o muerte. Si no vemos a Dios trabajando en nuestras aflicciones, podemos endurecer nuestros corazones y terminar hundiéndonos. Nuestra fe no puede descansar en las cosas buenas que Dios ha hecho en el pasado, sino en conocerlo a él, quien fue el hizo esas cosas en su fidelidad. El está con sus hijos en todas sus pruebas, y no los soltará.

La respuesta correcta en cualquier aflicción es un corazón inquisitivo. Este es un corazón que pregunta, “Señor, ¿me estás diciendo algo en esto? ¿He estado ciego a algo que quieres decirme?” A través de los años, he aprendido que cuando las aflicciones vienen, debo de correr hacia el Señor con un corazón abierto, preguntando, “¿Qué es todo esto, Señor? ¿Qué tratas de mostrarme? Haré todo lo que me pidas.”

El Espíritu Santo nunca falla en mostrarme. Algunas veces él dice, “Esta es una trampa de Satanás, David. Cuidado.” O, sin ninguna condenación, él revela un área de trasgresión diciendo, “Obedece, y los cielos se te abrirán. Todo se te aclarará.”

Nuestra salvación no está en riesgo. Sin embargo, aunque somos salvos, todavía no estamos plenamente santificados. Tenemos muchos asuntos que dificultan la plenitud de Dios en nosotros, asuntos en nuestros corazones a los cuales estamos ciegos: lujurias escondidas, codicias, pereza sobre las cosas de Dios. Si estamos dispuestos a escucharlo, el Señor siempre nos las revelará. Pero lo más importante de todo es que si estamos atravesando los fuegos de la aflicción, Dios nos revelará su tierna y amorosa misericordia, y compasión.

Cuando Dios nos muestra lo que hay en nuestro corazón – la impaciencia, el pecado acosador, las “pequeñas” pero mortales trasgresiones – estas cosas se vuelven penosas para nosotros durante nuestro tiempo de aflicción. Es por eso que David oró: “Sea ahora tu misericordia para consolarme, conforme a lo que has dicho a tu siervo. Vengan a mí tus misericordias para que viva, por que tu Ley es mi delicia” (Salmo 119:76-77).

David clamó en su aflicción, “Envíame tu palabra de consuelo, Señor. Muéstrame tu ternura. Muéstrame tu eterna y amorosa misericordia.” David estaba actualmente reclamando una promesa que Dios le había dado más temprano: “Clemente y misericordioso es Jehová, lento para la ira y grande en misericordia. Bueno es Jehová para con todos, y sus misericordias sobre todas sus obras” (Salmo 145:8-9).

No importa por lo que estemos pasando, la misericordia de Dios está ahí para nosotros. Como dice David, su misericordia es “sobre todas sus obras” en todos los que son de él. Dios no está buscando condenarnos o castigarnos. Como cualquier padre amoroso, él les dice a sus hijos, “Déjame amarte a través de esto. Quiero que me conozcas en medio de esto. Lo estoy usando para mostrarte las profundidades de mi amor.”

Yo tengo algo que confesarles. Este mensaje que les estoy escribiendo, nació de las profundas heridas causadas por amigos que se volvieron en contra de mí. A veces las peores aflicciones vienen de aquellos que están más cercanos a nosotros. Sus palabras y acusaciones cortan en lo profundo, por que se supone que nos conocen mejor.

Estoy pensando en un amigo en particular del cual yo había sido mentor. El vino a mí haciendo terribles y falsas acusaciones, con un torrente de palabras dolorosas que me hirieron profundamente. Después de esa reunión, yo me fui a casa aplastado. Caí sobre mi rostro, implorándole al Señor” ¿Cómo pudo mi amigo decirme esas cosas hirientes? Nunca me he sentido tan herido. Este es un ataque del enemigo. Yo sé en mi corazón que lo que él dijo no es verdad.”

Perdoné a mi amigo por haberme herido, y oré por él. Pero algo todavía me fastidiaba. Algo agitaba mi espíritu sin parar. Yo volví a orar, preguntando, “Señor, ¿estás tú en esto de alguna manera? ¿Permitiste tú esto? ¿Estás tratando de decirme algo?”

El Señor me respondió con corrección en un área de mi vida donde la necesitaba mucho. Esa inquietud en mí sobre las acusaciones de mi amigo, era actualmente una llamada de atención sobre un asunto que podía haberme destruido. Esto hizo que yo me detenga, mire dentro de mi corazón, y le pregunte a Jesús que me revele cualquier cosa que estaba impidiendo que yo continúe siguiendo hacia adelante en él.

Cuando nos humillamos durante nuestra aflicción, Dios es fiel en darnos maravillosas revelaciones de su misericordia. El hizo eso por mí. Cuando recibía su corrección amorosa, el Espíritu Santo me susurró, “David, ve a mi Palabra. Haz una búsqueda sobre mi misericordia, mi amorosa bondad, mi disposición a perdonar.”

La verdad es que, durante mis horas más oscuras, es cuando Dios ha hecho un gran trabajo en mi vida. Yo he aprendido las lecciones más duraderas de mi vida en mis momentos de más profundo dolor. Fue ahí donde vino su misericordia – cuando finalmente dejé de tratar de comprender las cosas y simplemente me agarré de él, confiando que me libraría y trabajaría su propósito en mí.

He leído muchos libros apologéticos escritos por maravillosos hombres de Dios. Ellos tratan de explicar el sufrimiento de santos cuyas tribulaciones continúan día tras día, año tras año, a veces toda una vida. Pero la mayoría de las respuestas nunca me satisfacen. Yo simplemente no puedo explicar teológicamente porqué algunas de las personas más entregadas a Dios parecen sufrir más y por más tiempo.

En lugar de eso, yo he recibido fe por medio de personas humildes quienes han testificado de la fidelidad de Dios hacia ellos durante las aflicciones más impensables. Yo pienso en Sam, un anciano de nuestra iglesia, quien ha vivido con un dolor atroz por quince años. El ha sido sometido a muchas cirugías y todavía camina con un bastón. Cada vez que veo a Sam, él tiene la Palabra de Dios en sus labios y la dulzura de Cristo en su rostro. El ora por mí y por el grupo pastoral diariamente. Para mí, Sam es un héroe de la fe que pertenece con aquellos de la lista de Hebreos 11.

Yo pienso en Jimmie, el marido de mi secretaria de muchos años. Desde su infancia, Jimmie ha sufrido de migrañas dolorosas que aun los medicamentos más potentes no pueden calmar. Con el pasar de los años, él ha perdido la mayor parte de su vista y de su oído. Pero yo no conozco muchas personas tan amables y generosas como Jimmie. Lo llamo “el señor Fantástico”. Este hombre vive con dolor atroz, pero cada vez que le pregunto cómo está, él responde, “Fantásticamente”.

Finalmente, yo pienso en mi esposa Gwen, quien ha soportado más de veinticinco cirugías, muchas de ellas para remover cáncer. Ella ha perdido la mayor parte de su vista debido a degeneración macular. Durante el curso de cincuenta años, Gwen ha conocido lo que es dolor físico intenso, y muy pocos de esos años han sido sin dolor. Pero ella no se queja. Mientras la miro a ella, y veo a Sam y a Jimmie, veo testimonios de los cuales tengo que decir “Dios es fiel”.

Muchas son las aflicciones de los justos, como dice David – pero Dios, en su tiempo y a su manera, nos libra de todas ellas. Y su liberación perdura, y el diablo no la puede estorbar. ¿Por qué? El nos resucita no sólo del sufrimiento, pero también de la duda y el miedo. Nos capacita para enfrentar cualquier dolor, cualquier problema, por que sabemos que él está con nosotros en medio de lo que pasamos.

Aquí están otras de las promesas de Dios para los afligidos: “Pues esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria” (2 Corintios 4:17).

“Misericordioso y clemente es Jehová; lento para la ira y grande en misericordia. No contenderá para siempre ni para siempre guardará su enojo. No ha hecho con nosotros conforme a nuestras maldades ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados, porque, como la altura de los cielos sobre la tierra, engrandeció su misericordia sobre los que lo temen. Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones. Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen, por que él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo” (Salmo 103:9-14).

March 31, 2008

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